¿Qué harías por los niños de la iglesia perseguida?

¿Quién es Asmín? ¿Un niño de la iglesia perseguida en serios problemas? La respuesta es sí y no. “Asmín” es en realidad la palabra que forman las cinco iniciales de cinco niños que sí existen y que desde temprana edad han vivido de cerca la cruda realidad de la persecución.

“Antes bien, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios” (1 Cor. 12:22). Al leer estas palabras del Apóstol Pablo, no parece una locura afirmar que los niños de la iglesia perseguida son los miembros “más necesarios” del cuerpo de Cristo, su iglesia. Sin duda alguna, los niños de la iglesia perseguida están en lo más alto del grupo de los “más pequeños” de Jesús (Mateo 10:42; 18:6; 25:40), tanto por ser parte de la familia de Dios, como por la vulnerabilidad y el sufrimiento al que están expuestos.

Anita (y sus amiguitos Alvaro y Trinity), Simón, Martina, Iván y sus compañeros del hogar infantil, y Noeh, son solo uno de los muchos niños que sufren las consecuencias de haber nacido en una familia que sigue a Cristo de corazón a pesar de la persecución.

Sus padres hacen todo por protegerlos, pero a veces todo no es suficiente, especialmente en un contexto de persecución. Por eso existe también la iglesia, para suplir las necesidades que otro hermano no puede suplir por sí mismo. Por eso existe también Puertas Abiertas y las personas que como tú lo hacéis posible, porque sabemos que, muchas veces, todo lo que hacen las iglesias y familias como las de Anita, Simón, Martina, Iván o Noeh no es suficiente, y necesitan nuestro apoyo. Por eso hemos nombrado esta campaña especial por los niños de la iglesia perseguida: “TODO POR ASMÍN”.

AYÚDANOS A GARANTIZAR EL FUTURO DE LA IGLESIA PERSEGUIDA. SÉ PARTE DE LA RESPUESTA.

Indica “ASMÍN” en el concepto para que destinemos tu donativo a proyectos en beneficio de los niños de la iglesia perseguida.

17
Coste semanal de un niño en una escuela cristiana
34
Cuidado y asistencia postraumática a un niño
56
Coste semanal de un huérfano en un hogar infantil cristiano
380
Coste por niño de una escuela cristiana (Nigeria)

Conoce sus historias

"A" de Anita (Indonesia): ¿Es posible olvidar el sonido de una bomba?

La historia de Anita, Trinity y Álvaro

Anita es uno de los cuatro niños que resultaron víctimas de un atentado que sacudió los corazones de los creyentes que atendían su iglesia en Samarinda, en la región de Borneo Oriental (Indonesia), la mañana del domingo 13 de noviembre de 2016.

Anita y su padre

Alrededor de las 10 de la mañana, los niños estaban jugando y riendo en el parque infantil, esperando a sus padres, que estaban en la sala principal celebrando el culto dominical. De pronto, un terrorista lanzó un cóctel molotov justo en medio de donde estaban jugando los niños. Explotó, seguido por otro cóctel molotov pocos segundos más tarde.

La explosión dejó heridos a Anita (de solo 2 añitos), Trinity (de 3), Alvaro (de 4) e Istán (también de 2 años). Tristemente, el pequeño Istán falleció al cabo de un día. Anita, Trinity y Álvaro quedaron gravemente heridos, es­pecialmente estos dos últimos, los cuales han requerido intervenciones médicas hasta el día de hoy. Anita, por su parte, solo sufrió unas pocas quemaduras en la parte del brazo, pero aun así pasó el primer mes en el hospital. Hace pocos meses todavía escuchaba el sonido de la explo­sió. Cada vez que su padre Jackson arrancaba la motocicleta, Anita echaba a correr.

Alvaro y Trinity

A día de hoy, el recuerdo y las marcas de aquel día siguen causando pensamientos traumáticos en los niños. El aspecto de las cicatrices en sus rostros, manos y piernas afectó a su imagen personal y, por ende, también a su personali­dad. “Siento vergüenza, mi cuerpo está lleno de cicatrices”, expresó una vez Alvaro. “Trinity pierde los nervios con facilidad”, declaró en otra ocasión Sarinah, madre de Trinity.

Un año después del grave incidente, damos gracias a Dios cada vez que recibimos noti­cias de la mejora de los niños. En cierto modo porque, junto a la oración y compromiso de per­sonas como tú, hemos podido ser parte de esa recuperación, ayudando a pagar las numerosas intervenciones médicas, estando presentes junto a los padres en los juicios contra los perpetrado­res del atentado, y movilizando a la iglesia global a orar por estos niños tan especiales.

La última gran noticia que recibimos (en sep­tiembre) fue la de Alvaro, el cual está mejoran­do mucho emocionalmente después de recibir asistencia psicológica. “Ya no es tan tímido, no tiene temor a los ruidos fuertes y no grita mien­tras cocino”, nos dijo su madre Novita. Además, las heridas en su cabeza van cerrándose y ha recuperado movimiento en sus dedos.

En cuanto a Trinity, su madre ha decidido lle­varla a Guangzhou (China) para un tratamiento avanzado. El martes 19 de septiembre partieron y estamos esperando noticias de los resultados.

"S" de Simón* (Norte de África): 'Papa, ¿por qué la gente nos tira piedras?'

La historia de Simón* (nombre cambiado por razones de seguridad)

Simón* se sobresalta mientras camina. Una piedra casi golpea su cara. Agarra fuerte la mano de su padre, pero entonces, otra piedra sale disparada hacia ellos, aunque también logran eludirla. Hoy ha sido un buen día, ninguna piedra les ha golpeado.

Imagen representativa

“Regresemos a casa, hijo”, dice Muslih*, su padre. Simón se decepciona. Estaban yendo a tomar un helado. “¿Por qué volvemos a casa?”, pregunta el niño, aunque ya sabe la respuesta: “Para protegerte”, dice Muslih acariciando la cabeza de su hijo de 5 años. En silencio ora a Dios: “Padre, esto es tan difícil. No quiero que mi hijo sufra como lo está haciendo”.

Este no es el primer inciden­te que Muslih y su familia ha tenido que afrontar en las calles de esta ciudad del norte de África a la cual Dios les llamó y que no podemos revelar por cuestiones de seguridad. Hace algunos años, el pastor de su iglesia los animó a servir a Dios como pastores en esa ciudad remota. Cuando les pidió que fueran, la iglesia más cercana estaba a horas en coche. Él y su esposa oraron sin cesar para que Dios les guiase en su decisión. Mudar­se a esa ciudad les traería problemas.

Pero sintieron la confirmación de parte del Señor, así que se mudaron. Simón era pequeñi­to. La ciudad no tenía ninguna iglesia y la familia sufrió una fuerte oposición desde el inicio. La gente les tiraba piedras e intentaron incendiar tanto su casa como el hogar que usaban para adorar a Dios junto a otros creyentes. Un día le dieron una paliza a su mujer en la calle y estuvo en el hospital varios días.

Imagen representativa

Padre e hijo entran en su casa. Muslih cierra la puerta con pestillo. “Papá, ¿por qué la gente nos tira piedras? ¿Por qué la gente no nos quiere?”. Muslih sonríe. “Simón, nosotros somos diferentes porque servimos al Rey, seguimos a Jesús. La gente de la ciudad tiene otra religión y no aceptan a la gente diferente”.

Muslih camina hacia la nevera y coge un refresco. Abre la lata, se la da a su hijo, y los dos se sientan en el salón. “Habeís llegado muy pronto”, dice Fadila*, la madre, que aparece en el salón tras preparar la habitación en donde se juntará más tarde con su grupo de discipulado.

“Nos volvieron a tirar piedras”, dice Muslih. Su mujer le mira sorprendida: “Pensé que las co­sas habían mejorado”. A lo que Muslih contesta: “Sí, especialmente después de que el oficial del Gobierno viniese a celebrar la Navidad. Tam­bién pensé que las cosas se estaban calmando”.

“¿Cómo estás, Simón?”, le pregunta Fadila a su hijo. Simón se encoje de hombros: “Bien, pero no pude conseguir mi helado”. “Vamos a ir a comprarte uno la semana que viene. Ahora, oraremos por esa gente”, responde ella. Muslih y Fadila oran junto a su hijo cada vez que tienen este tipo de incidentes. Quieren que su hijo encuentre refugio en Dios ante este tipo de situaciones e incluso le enseñan a orar por aquellos que les tiran piedras.

Después de haber orado, el niño se va a jugar con sus juguetes y Fadila, con el corazón dolori­do, se abraza a Muslih y comienza a llorar. “¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Por qué Simón tiene que sufrir todo esto?”, dice entre lágrimas. Para ella, lo peor de vivir en esta ciudad es la injusta persecución a la que se enfrenta Simón. Ahora Simón empezará su primer curso en el colegio y muchos de sus profesores serán musulmanes.

Muslih cuenta a un compañero de Puertas Abiertas cómo hace frente a tanta presión: “Me tranquiliza saber que estamos dentro de la voluntad de Dios. Hay días que estamos asusta­dos, pero Jesús está siempre con nosotros. La presión está disminuyendo. Esto me ayuda a saber que hay gente que ora por nosotros… El Gobierno local nos apoya cada día más”.

La última gran noticia que recibimos (en sep­tiembre) fue la de Alvaro, el cual está mejoran­do mucho emocionalmente después de recibir asistencia psicológica. “Ya no es tan tímido, no tiene temor a los ruidos fuertes y no grita mien­tras cocino”, nos dijo su madre Novita. Además, las heridas en su cabeza van cerrándose y ha recuperado movimiento en sus dedos.

En cuanto a Trinity, su madre ha decidido lle­varla a Guangzhou (China) para un tratamiento avanzado. El martes 19 de septiembre partieron y estamos esperando noticias de los resultados.

"M" de Martina (Nigeria): Enterrando los traumas de la infancia

La historia de Martina

Martina se expresa con la claridad y soltura de una mujer adulta, pero solo tiene 12 años. Es hija de una cristiana viuda que vive en el extremo norte de Nigeria, donde la persecución a los cristianos es muy violenta.

Martina

Como tantas otras viudas en África, demasia­das, la madre de Martina fue abandonada por su familia cuando su marido fue asesinado en 2005. Era un policía cristiano que perdió la vida du­rante unos disturbios entre musulmanes y cris­tianos en el estado de Kano. La cultura del país dicta que le corresponde a la familia cuidar de la viuda y de sus hijos, pero la familia se negó. La madre de Martina tuvo que salir adelante sola con tres hijos, de los cuales Martina era la más pequeña. No es fácil para una mujer llevar sola una casa, más aún siendo pobre.

Se puede considerar un milagro que esta jovencita sea tan buena estudiante y hable con tanta claridad y autoestima. “Tenía dos meses cuando mi padre murió. En realidad nunca le conocí. Pero le he echado mucho de menos. Cuando crecí siempre deseé poder visitar su sepultura. Me hubiera encantado haberle co­nocido y mi deseo era al menos saber el lugar exacto donde lo enterraron”, cuenta ella. Pero debido al caos que siguió a aquel enfrentamiento entre musulmanes y cristianos, muchos cuerpos fueron enterrados en fosas comunes. Nunca se supo dónde fue enterrado el padre de Martina y la joven muchacha no tiene lugar donde poner fin a su duelo: “Le pedía a mi madre que me lle­vara al lugar donde le mataron. A pesar de que me llevara, nunca dejé de pensar en él”.

Conocimos a Martina porque fue seleccionada para un programa de asistencia postraumática organizado por Puertas Abiertas. En el grupo en el que participaba Martina, se solicitó que cada uno hiciera un dibujo de las cosas que les preo­cupaban o asustaban. Todos los niños comen­zaron a dibujar… excepto Martina. Doblando el papel, hizo una caja cuadrada, un ataúd y sobre él escribió el nombre de su padre. Esto llamó la atención de los monitores, que hablaron con ella y descubrieron que el no haber enterrado a su padre impedía que superase ese trauma.

Martina y coordinadora de un programa de asistencia postraumática de Puertas Abiertas

Los monitores pidieron a Martina que hiciera un dibujo del funeral tal y como a ella le hubiera gustado que fuera. Martina dibujó un ataúd con el nombre de su padre y unas pocas mujeres que llevaban flores. Una de estas mujeres era la madre de Martina y llevaba un bebé sobre sus espaldas que la representaba a ella. También escribió frases que le hubiera gustado decir a su padre: “Papá, te echamos mucho de menos y esperamos que tu alma descanse en paz: per­maneces en el corazón de quienes te quieren”. Tras esto, los colaboradores de Puertas Abiertas hablaron con ella y le hicieron ver por qué se sentía así. Al final, en su mente, Martina enterró a su padre. “Se sintió realmente aliviada y final­mente consiguió aceptar la muerte de su padre”, nos confirmó Patience*, una de las monitoras.

Aunque en Puertas Abiertas continuamos con nuestros programas de apoyo postraumá­tico allí donde las circunstancias lo requieran, también estamos creando un centro en el norte de Nigeria con oficinas, una sala de conferencias para sesiones grupales, alojamiento de hombres y de mujeres, una cocina y un comedor. Y con espacio en el exterior para que los monitores puedan realizar juegos con pequeños y mayores que les ayuden a expresarse con más libertad so­bre temas y problemas delicados en un entorno de paz y silencio.

“Tenemos diferentes tipos de actores traumá­ticos en Nigeria: Boko Haram, la guerra, crisis étnicas, crisis de tipo religioso. Y en todas partes hay personas traumatizadas”, explica Patience.

Ayúdanos a alcanzar a más personas que necesitan asistencia con tu oración y tu con­tribución. Recuerda, tú eres Puertas Abiertas.

*Nombre cambiado por razones de seguridad

"I" de Iván (Colombia): ¿Persecución en Colombia? Los niños dan fe

La historia de Iván y el resto de niños del hogar infantil La Casita

Iván es solo uno de los quince niños que forman parte en la actualidad del hogar “La Casita”, un refugio seguro para hijos de familias perseguidas en Colombia que inició Puertas Abiertas en 2016 gracias al apoyo eco­nómico y en oración de personas como tú.

Niños del hogar La Casita (Colombia)

¿Por qué hemos destacado a Iván de entre los quince? Honestamente, solo para poder dar sen­tido a la “í” de “ASMÍN”. Pero cada uno de los quince es especial, y cada uno carga detrás de sí el peso de la persecución a la que se ha visto so­metida su familia o ellos mismos en sus escuelas y entornos sociales. Así que no hablamos solo de Iván, sino también de Dina, Gloria, Cenaida, Fidelina, Camila, Eli, Omar, Josué, Duvaine, Sebastián, Saúl, Elver, José y Melquisedec.

En Puertas Abiertas España, a veces nos preguntan: “¿de verdad existe persecución en Colombia?”. El proyecto de “La Casita” es un ejemplo inmejorable de ello. Si no hubiese una persecución alta a cristianos en determinadas zonas de Colombia, este proyecto no tendría sentido, y Colombia no figuraría entre los 50 primeros países de la Lista Mundial de la Persecución (en 2017 ocupa el puesto 50).

En el norte, por ejemplo, en Aracataca (región de Magdale­na), muchos cristianos persisten firmes en la fe a pesar de la discriminación social y política de sus líderes tradicionales, cuyas leyes ancestrales prohíben que se exprese abiertamente el cristianismo. El encarcela­miento, la tortura y el exilio son algunos de los castigos impuestos dentro de los territorios indí­genas. Esta área del país es montañosa y de difí­cil acceso, y la comunicación también es difícil. Constantemente se descubren casos de persecu­ción meses después de que hayan ocurrido.

Los niños cristianos, por su parte, crecen con la amenaza constante del encarcelamiento, tanto para ellos como para sus padres. Normalmente viven su fe de manera anónima y clandestina. “Desde la niñez, he seguido el Evangelio. Sin embargo, me dijeron que el cristianismo era una mentira y que estaba engañado”, recuerda uno de los niños que vive en La Casita.

La comunidad indígena tiene pequeñas es­cuelas dirigidas por autoridades indígenas que prohíben la práctica pública del cristianismo y fuerzan a los niños a participar en rituales a la Madre Tierra como parte de los requisitos para pasar al siguiente curso. Esto ha forzado a mu­chos niños cristianos a abandonar sus estudios y concentrarse solo en trabajar la tierra.

“La Casita” funciona como un refugio en el cual los niños, además de recibir cobijo y ali­mento, pueden asistir a la escuela. Los niños que viven ahí estudian por la mañana en la escuela, aceptada por el sistema de educación pública, y reciben educación cristiana y formación voca­cional por las tardes. Pero los niños también sa­len y aprenden a interactuar con gente diferente de su comunidad, a la vez que mantienen sus raíces culturales y su fe en Cristo, y cada fin de semana son visitados por sus padres. Uno de los jovencitos nos habla de su nuevo hogar: “Pue­do dedicarme a estudiar y leer la Biblia. Me siento en paz. Me gustaría que más padres pudiesen enviar a sus niños aquí”.

Este nuevo hogar infantil se complementa con el Centro Infan­til de Puertas Abiertas, establecido ya hace 16 años en el centro del país. “La Casita” incluye a niños del mismo grupo étnico y está estrechamente ligado a las costumbres indígenas no paganas de la zona, y además con proximidad a su comunidad y sus familias.

“Este proyecto, además de proteger a los niños de la persecución, les da la oportunidad de tener un contacto continuo con sus padres. Los adultos emplean de 5 a 9 horas visitando a sus niños y lo hacen con alegría”, nos cuenta Liz Poveda, coordinadora de Puertas Abiertas para proyectos en Colombia.

"N" de Noeh (Irak): Mientras queden canicas, hay esperanza

La historia de Noeh

Noeh tiene 12 años. Su familia huyó corriendo de su casa de Karamles (Irak) cuando solo tenía 9 para escapar de la llegada del autoproclamado Estado Islámico. En octubre de 2016, el ejército kurdo-iraquí logró expulsar a los yihadistas de Karamles, pero la casa de la familia de Noeh había quedado total­mente calcinada.

Noeh en su habitación

En los últimos tres años, él y su familia han vivido en Erbil, unidos y apoyándose entre ellos en un momento tan difícil de asimilar: “Mi madre, mi padre y mis hermanos han estado siempre a mi alrededor y me han ayudado a su­perar los momentos difíciles”. No vivían solos, sino que se trasladaron a un mismo barrio de Erbil junto a otros conciudadanos suyos al que terminaron llamando “Pequeña Karamles”.

Gracias a tus oraciones y tu apoyo a Puertas Abiertas, nuestros colaboradores locales han estado trabajando duro para apoyar a esta comu­nidad con distribución de alimentos, asistencia postraumática y proyectos de desarrollo socioe­conómico. Algunos de los beneficiados incluso han empezado una pequeña productora de comida, una pastelería y un restaurante en Erbil.

Pero Noeh y su familia estaban decididos a volver para reconstruir su hogar. En septiembre supimos que habían vuelto a Karamles, aunque se están quedando en casa de su tía, la cual emi­gró. Tienen problemas con el agua y la electrici­dad, pero están contentos de haber vuelto.

Aún recordamos cuando un compañero de Puertas Abiertas acompañó a Noeh y su familia en una de sus primeras visitas a Karamles des­pués de tres años sin volver. El sueño de Noeh de volver a su casa parecía imposible al compro­bar el estado de su casa. Los yihadistas habían quemado el edificio al completo. Dentro de su habitación, mirando hacia los escombros y ceni­zas, Noeh exclamaba: “Esos eran mis juguetes. Todos están quemados ahora. No tengo nada”.

Pero mientras seguía inspeccionando cada rincón de su habitación, de repente se detuvo: “¡Mis canicas!”. Noeh recojió las canicas de entre los escombros y se alegró al comprobar que habían las suficientes para poder jugar. Eran solo canicas, pero era un símbolo de los peque­ños destellos de esperanza que a veces nuestros hermanos y hermanas iraquíes tienen a pesar de encontrarse en la peor de las situaciones.

Hoy, el sueño de Noeh está más cerca. Pero él ya lo sabía cuando le preguntamos hace varios meses: “Siento el Espíritu Santo en mí… Me dice que está bien que vivamos de nuevo en Karamles”. Es más, ya tenía pensado como sería su nueva habitación: “Quiero que tenga muchos colores, rojo, azul y verde, y con fotos del FC Barcelona y de Jesús en la pared”. Quién tuviera la fe de un niño como Noeh.

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Hemos diseñado una hucha con las fotografías de niños de la iglesia perseguida para que nos puedas ayudar a levantar la máxima ayuda posible a su favor. Te la haremos llegar si nos indicas los siguientes datos: NOMBRE, APELLIDOS, TELÉFONO, DIRECCIÓN DE ENVÍO y LUGAR EN EL QUE PONDRÁS LA HUCHA.